lunes, 8 de febrero de 2010

Promesa

y aquí os dejo el cuento que llevé a la kedada, espero que os guste.



PROMESA

Cada vez que llegan estos días del mes me pongo nervioso. Por muchos factores, pero el principal de ellos es que llevamos tres años intentándolo y de momento no hemos conseguido resultados, no he cumplido lo que le prometí el día que le pedí que se casase conmigo.
Tres años de decepciones con las primeras manchas mensuales, con altibajos emocionales por no conseguir lo ansiado, con ese leve sentimiento de envidia que te corroe cuando ves que tus amigos viven el momento que a ti te es negado.
Tres años deseando ser padres sin conseguirlo.
Pero hoy es el día. La noche, mejor dicho. Según el calendario ginecológico debemos intentarlo ahora que ella se encuentra en su momento álgido de fertilidad.
Me toma de las manos y caminamos silenciosos hasta la habitación. A oscuras recorro su cuerpo desnudo, de sobras conocido, y nos fundimos en un abrazo.
Siento una leve presión en el pecho, pero no le doy importancia. Sí, últimamente voy a cien por hora en todos los aspectos de mi vida, pero ahora simplemente tengo que disfrutar de su compañía. No importa el tiempo allí, en nuestro particular universo. La miro y veo sus ojos cerrados, tal vez dirigiendo una plegaria a su Dios, rezando para que esta vez sea la definitiva.
La presión en mi pecho se hace más fuerte y siento dolor. Mi torso se estremece, pero ella no lo siente.
Al momento siguiente me encuentro a los pies de la cama. Mi cuerpo permanece unido al de mi mujer, y se mueven en consonancia, pero mi esencia se ha separado de ellos. Observo extrañado la escena, mientras escucho unas voces que me llaman desde el otro lado de la puerta, esa plancha de madera que en los momentos de intimidad cerramos para que nos separe del mundo. Voces al otro lado, voces que me llaman y me piden que me una a ellos.
Estoy asustado, porque en este nuevo estado comprendo muchas cosas. Veo mi cuerpo moverse, pero sé que está muerto. Paro cardíaco, dictaminarán, algo extraño en alguien de mi edad. Pero extraño no es lo mismo que imposible, ¿verdad?
He muerto, y sin embargo algo anima mi cuerpo, algo le permite seguir esa íntima comunión con ella, a pesar de que no me encuentro dentro de él. ¿Qué es? Me doy una metafórica palmada en la frente. Está claro que aquello que mantiene mi cuerpo activo es mi amor por ella, y la firme convicción en la promesa que le hice. Aquel día le aseguré que la convertiría en La madre de mis hijos y, vivo o muerto, es evidente que pienso cumplirlo.
El clímax llega, finalmente y con ese curioso orgullo que todos los hombres poseemos me digo que no he estado tan mal, sobre todo para estar muerto. Entonces me doy cuenta de que el comentario no tiene nada de gracioso y, si pudiese, lloraría.
Mi cuerpo se separa del de ella y cae de manera pesada hacia un lado. Ella recupera lentamente la respiración, tumbada boca arriba. Es increíble, no se ha dado cuenta.
La miro, pretendiendo ignorar a las voces que me apremian desde el otro lado de la puerta. Quiero verla el máximo tiempo posible, porque me temo que en cuanto salga de la habitación nos separaremos durante un largo tiempo. Ella me pregunta si me he dormido y, claro, no puedo contestarla. No al menos con una voz que ella oiga, aunque os juro que estoy gritando.
Entonces lo siento, percibo algo en ella. Parte de mí ha conseguido echar raíces en su interior, objetivo conseguido. Una diminuta vida comienza en su útero, he cumplido mi promesa. Bueno, mi cuerpo ha cumplido su promesa.
Me gustaría decirle una vez más que la quiero, y que quiero que sea muy feliz, pero sé que no me va a escuchar, por lo que ni lo intento. Pienso con tristeza que no veré la cara de mi hijo, pero me consuelo al saber que no la dejo sola, que le tendrá a él. Porque es un niño, eso también lo sé, un niño al que pondrá mi nombre.
Me giro y camino hacia la puerta. No necesito abrirla, y no quiero intentarlo por si lo consigo y la asusto. En vez de ello la atravieso y echo un vistazo al pasillo. Vaya, lo que hay aquí no parece que esté tan mal, ¿no?
Escucho en ese momento el grito, la comprensión que, finalmente, ha llegado hasta ella.

3 comentarios:

JUAN dijo...

¡Joder, Jesús! Me asustaste. Al principio, creí que era real, una reflexion sobre tu infertilidad, algo que alcanza a tantas parejas.
Y mientras leía ya me preparaba para darte ánimos y recomendarte insistencia en una actividad tan agradable.
Y resulta que te has muerto y aun así sigues en la brecha, sin querer perderte el final.
No sé yo si le haces un favor a la viuda o le dejas un problema. Muchas personas en esos casos dicen eso de « El muerto al hoyo y el vivo al pollo», refiriéndose a que la vida sigue y es posible comenzar de nuevo.
Menos mal que todo es producto de tu fecunda imaginación.
Por cierto: yo también puse un cuento en el foro B.V. donde me veo en el más allá.
El día de mi muerte, se llama.
Un abrazo, amigo.

Jesús F. dijo...

¡Uff...Juan, quita, quita, no quiera Dios que me suceda eso a mí!
No estoy inscrito en BV, pero intentaré leer tu cuento, ¿qué tendrá el más allá que a muchos nos llama de esta manera la atención?
Un abrazo.

JUAN dijo...

Perdona jesús, pero no había leido el principio donde cuentas que es un texto que presentas en la quedada y por eso las primeras lineas creí que eran algo real.
Sobre mi cuento...
No sé si lo encontrarás en B.V, pues nos fuimos todos a Prosofagos y eliminaron los textos.
Pero tengo el original aquí.

http://ellugardejuan.blogspot.com/2005/09/el-da-de-mi-muerte.html